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Quería adivinarte en cada estrella de ese cielo azabache que asomaba triunfando en el borde azul de mi ventana.

No veía tu sonrisa; rebotaban tus ojos negros, abierta la mirada, en mi horizonte simple que crecía sin complejos, con espuma, paralelo al mar.

Salitre profundo, oxidado, traía vida olvidada que olía a sal.

Le hubiera dicho al viento que la distancia no era eterna, que tú tenías letras y caricias, besos y preguntas y un latido acelerado que disimulabas en tu voz.

El viento no me oía, soplaba incansable borrando errores e inundando la noche con su nueva claridad.

Yo lo quería todo, el silencio, la tregua, la fiesta y el amor.

Le daba cuerda al mejor de todos mis sueños y mientras, llegaron tus manos de agua sin aviso ni pregón.

Trajiste la gota, el aire, el respiro y a la hora señalada me gustó más que nunca el breve color del sol.

©fdL2011